Hace unas semanas tuve la suerte de trabajar con un equipo y su
nuevo director. Un reto apasionante y muy enriquecedor que quiero compartir con vosotros.
Os pongo en situación:
El manager acababa casi de
llegar, había aterrizado hacía tres meses con mucha ilusión y mucha confianza en este nuevo proyecto que tenía por delante. Es una persona joven,
formada, con experiencia en el sector y
convencido de la necesidad de un liderazgo más colaborativo.
El equipo es un equipo maduro, profesional,
altamente cualificado y hasta el momento autosuficiente. El anterior director apenas mantenía
reuniones con ellos ni hacía seguimientos; él les dejaba hacer y ellos habían
aprendido a valerse por sí mismos y trabajar de manera autónoma.
El nuevo director tenía
claro su propósito e hizo todo aquello que creía que le ayudaría a
conseguirlo. Su empuje y sus ganas le caracterizaban. Llegó con la idea de implantar un cambio de
cultura, menos jerárquica y más de conjunto, cooperando y tomando decisiones en
equipo. Confiaba en ellos y quería hacerlos más partícipes de los objetivos de su área, fomentar una comunicación más fluida con él y entre ellos, y dotarles de
más responsabilidad con sus tareas, ampliando su campo de actuación. Con todo ello y sumando su experiencia y formación, implantó nuevos
procesos de trabajo e instauró una nueva
de forma de trabajar orientada por
objetivos.
Para compartir esta
nueva propuesta, el nuevo director reunió al equipo nada más llegar, y les
explicó todas las mejoras que iba a poner en marcha de manera inmediata. Las
nuevas propuestas, pensó, ayudarían a
motivar al equipo y a convencerlos de “su nuevo buen hacer”.
Entre las
propuestas estaban:
- Ampliar la plantilla,
- Disponer de un espacio para relajarse y relacionarse más
entre ellos.
- Ampliar el número de días de vacaciones.
- Dotarles de más formación.
Hasta aquí parecía que era todo válido, como siguiendo un manual y hecho, además, con la buena intención de agradar y sentirse acogido.
Sin embargo, cuando llegué “noté que algo no funcionaba bien”; el director confesaba que su nivel de ilusión
había bajado, que se sentía un poco frustrado,
y que el equipo le había dejado de lado y además lo encontraba nervioso.
Durante las dinámicas y ejercicios propuestos
con el equipo, fue donde aparecieron los miedos, las desconfianzas, las expectativas,
las creencias, incluso hasta las lágrimas …
El equipo estaba centrado sólo
en sus emociones y percepciones; al parecer el cambio de líder y sus nuevas fórmulas les estaban generando “mucha presión”. Ahora
se les pedía opinión para tomar
decisiones, acudían a formaciones, etc. El equipo sentía y percibía demasiada responsabilidad sobre sus
espaldas además de una supervisión continúa de todo y durante todo el tiempo. Todo era nuevo
para ellos. Tensión, disgusto y estrés, fueron las palabras que más aparecieron en su
lenguaje. Había mucha emoción contenida
en el equipo, un equipo que ni siquiera se fijo, percibió ni agradeció las supuestas mejoras propuestas. Tenían toda la energía en el cambio y su resistencia al mismo.
Estaban compartiendo un mismo espacio, pero viviendo en dos mundos diferentes; el director, por
un lado, quiere motivarles, haciéndolos más participes, teniéndolos más en cuenta y dándoles
más valor; y el equipo, por contra, lo que estaba
percibiendo es agobio, supervisión
constante, desconfianza y presión continua. Estas diferentes visiones están consiguiendo que el
director se encuentre más desanimado, malhumorado, con menos ímpetu para contagiar e
inspirar, y que el equipo se comporte de manera fría, pasota, quejica e
inmadura. Al final, el resultado es frustrante y está afectando negativamente a
todos.
Las gafas con las que vemos la realidad, condicionan nuestro
comportamiento.
Así percibimos las cosas, así nos comportamos.
Durante las sesiones que llevamos
a cabo, poco a poco se va consiguiendo romper esa barrera “de tensión” que les impide
acercarse mutuamente, se van mostrando
más abiertos a la escucha, aprenden a darse
un espacio para conocerse, hablar de sus sentimientos, contrastarlo con hechos,
observar sus gestos y lenguajes. Van “poniendo” sobre la mesa todos
aquellos intangibles que sustentan las
relaciones y de las que apenas son conscientes de cómo impactan en sí mismos,
en los otros, y por lo tanto en sus
resultados. Este es un caso claro de lo que se puede trabajar en un proceso de Coaching de Equipos.
Tomando este ejemplo, donde una
misma realidad es vista desde diferentes ángulos; y basándonos en las
suposiciones y creencias para construir nuestro mundo, te invito a que, como líder,
miembro de un equipo o profesional independiente, realices la siguiente práctica.
Aprovecha estos minutos para parar
y contestar a las siguientes preguntas. Quizá te aporte una visión más
amplia de ti y del mundo en el que vives.
A lo largo de tu trayectoria
profesional, aproximadamente ¿qué porcentaje de tus “creías”
o “pensabas” se han cumplido tal como las
imaginabas?
En la última semana, ¿has dado por supuesto algo que después no se ha
cumplido?
¿Qué sientes cuando tus
expectativas no son cumplidas?
¿Eres consciente de cuándo estás presuponiendo?
¿Tiendes a confirmar y contrastar la información que
recibes de otra persona? ¿En qué porcentaje de ocasiones?
¿Qué resistencias ofreces a reformular y/o preguntar?
Antes de suponer o asumir, prueba ese loco método que es PREGUNTAR.